Tomás condujo con el ceño fruncido, los nudillos blancos alrededor del volante. El paquete iba en el asiento trasero, envuelto en una bolsa negra que no dejaba ver nada de su contenido. La voz acusadora de su hermana hacía eco en sus pensamientos; una parte de él, muy en el fondo, sentía culpa por mentirle. Carraspeó y se concentró en el camino; a esas alturas no quedaba lugar para el arrepentimiento.
No era la primera vez que hacía un encargo así.
Y tampoco le gustaba. Era lo que había y ya es