El auto avanzaba por la ciudad con un silencio espeso. Leonel conducía con atención absoluta, las manos firmes sobre el volante. No dijo nada. Sabía que ese no era el momento.
Adriel iba en el asiento del copiloto, rígido, con la mirada fija en algún punto indefinido del parabrisas. La ciudad pasaba frente a él sin existir realmente.
La cabeza le punzó. A diferencia de otras ocasiones, el dolor era tolerable.
Pensó en Mía.
En su rostro cuando lo viera. Distante. Dolido. Cerrado.
En sus ojo