Leonel condujo con una sensación incómoda clavada en el estómago. Una sensación, o mejor, una certeza incómoda, se le había instalado ahí. Conocía a Adriel Salazar desde hacía años. Sabía leerlo. Sabía cuándo algo era grave y cuándo era una molestia pasajera.
Esto no era lo segundo. Exhaló con pesadez.
Pensó en su jefe, en su carácter meticuloso, en su control obsesivo de cada detalle. En la manera en la que reaccionaba cuando algo se salía del plan. Y aquello, sin duda, se había salido por com