El trayecto al hospital fue un silencio opresivo, roto solo por el sonido del motor y los semáforos que parecían tardar una eternidad en cambiar. Tomás conducía demasiado rápido. Juliana no se lo reprochó. Tenía las manos apretadas sobre el regazo y la mirada fija al frente.
—Dijeron que fue un accidente laboral —murmuró ella—. Eso fue todo.
Tomás apretó la mandíbula.
—Mía no está en condiciones de trabajar.
Juliana no respondió. No quería pensar. En su mente pasaban imágenes de la pobre Mía e