Había pasado un poco más de un
mes desde su divorcio. Su hermana y su cuñado regresaron esa mañana a su casa. Las miradas de ilusión ya no estaban; fueron reemplazadas por tristeza, amargura y desolación.
Al menos se tenían el uno al otro. Ella… ella se tenía a sí misma. Al menos las partes rotas que luchaba para que no terminaran por despedazarse.
Mía recogió su cabello en una coleta alta y se puso su mejor ropa: una falda negra, recta, no entallada, que le llegaba abajo de la rodilla para que