Adriel despertó de golpe, miró sus manos vacías y después recorrió la habitación con la vista.
El dolor disminuyó un treinta por ciento. Los sueños que tenía eran tan vívidos como si eso hubiera pasado el día anterior.
Respiró hondo y podría jurar que el aroma dulce y floral del cabello de Mía seguía impregnado en su nariz, en sus manos.
Volvió a tomar los papeles y releyó todo.
(…)
Mía, en la casa de su mejor amiga, animaba a su hermana a comer. Ella, junto a su esposo, vivía en otra ciudad, u