Adriel revisó uno a uno los documentos que había dejado su empleado. Su entrecejo se arrugaba conforme leía la información.
Alberto del Río, un tipo sin chiste, amante de las apuestas, estuvo en prisión un par de meses acusado de robo menor. Cabello oscuro, ojos cafés, una cicatriz de unos siete centímetros que iba desde el cuello hasta su clavícula derecha, cubierta por un tatuaje de serpiente.
No tenía fortuna ni buen nombre, tenía un rostro común, maltratado por su aparente adicción al alco