El apartamento de Diana olía a café y a telas nuevas.
Siempre había olido así.
Era parte de lo que lo hacía soportable.
Me había instalado en el cuarto de huéspedes el martes por la tarde con una maleta mediana y la decisión de no pensar más de lo necesario. Diana no me había hecho preguntas. Había puesto toallas limpias sobre la cama, había dejado una llave sobre la mesita de noche y había dicho, con la economía de palabras que solo tienen las personas que te quieren bien:
—Quédate el tiempo q