Me desperté antes de que sonara la alarma.
Las seis y doce de la mañana. La luz de noviembre entrando por la rendija de las cortinas de Diana con esa calidad específica del frío: blanca, sin peso, sin promesas.
Me quedé un momento mirando el techo.
La llamada de Lucas todavía estaba ahí. No como dolor agudo sino como algo que se había asentado durante la noche y había tomado una forma distinta. Más manejable. Más concreta.
Papá también llora por las noches.
Me levanté.
Me vestí despacio. Vaquer