El taller de Diana olía a café quemado y miedo.
Lo percibí en el momento en que Torres abrió la puerta del edificio. Ese olor particular que tienen los espacios donde alguien ha estado llorando durante horas.
Subimos en silencio. Nathan a mi lado, mano en mi espalda baja. Gesto protector que normalmente me habría molestado. Hoy lo agradecía.
Necesitaba el ancla.
La puerta del taller estaba entreabierta. Diana apareció antes de que pudiéramos tocar.
—Gracias a Dios. —Su rostro estaba pálido. Oj