El avión aterrizó en JFK con cuarenta minutos de retraso.
Lluvia fina. Cielo gris como cemento húmedo. La clase de día de Nueva York que borraba cualquier rastro de luz italiana de golpe, como cambiar de canal.
Evelyn miraba el agua resbalando por la ventanilla.
Treinta y seis horas antes estaba en Venecia, en una iglesia pequeñísima, con un párroco de ochenta años y dos velas y Nathan diciéndole que la elegía cada mañana.
Ahora: asientos de avión, niño llorando tres filas detrás, el olor a caf