Nathan atravesó el jardín con tres zancadas largas.
Su rostro era una máscara impenetrable, pero sus ojos... sus ojos quemaban. Esa mirada que había aprendido a reconocer en las últimas semanas. Furia controlada. Un volcán bajo hielo.
Madison retrocedió instintivamente, su mano protegiendo su vientre.
—Nathan... —empezó.
—Vete. —Su voz fue un cuchillo—. Ahora.
—Pero...
—Tu marido te está buscando. Torres lo está conteniendo. Tienes exactamente treinta segundos antes de que deje de hacerlo.
Madis