Las orquídeas seguían allí al amanecer. Blancas y púrpuras, bañadas por la luz fría de una mañana nublada en Manhattan. Parecían irreales contra el vidrio blindado del ventanal, un recordatorio silencioso de que la noche anterior no había sido un sueño.
Nathan había estado aquí. Había bajado la guardia. Había confesado que tenía miedo. Toqué uno de los pétalos con la yema del dedo. Era suave, aterciopelado, vivo.
"Sobreviven donde otras flores mueren."
Por un momento, me permití creerlo. Me perm