Victoria llevaba un vestido negro que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel. Diamantes en el cuello. Labios rojos como sangre.
Y esa sonrisa. Esa maldita sonrisa de quien sabe algo que tú no.
—Nathan, querido. —Su voz era miel envenenada—. Qué sorpresa encontrarte aquí.
Nathan no se movió. Ni un músculo.
—Victoria. Creí que estabas en Europa.
—Lo estaba. Pero Edward me convenció de volver. Dice que hay asuntos familiares que requieren mi... atención. —Sus ojos se deslizaron hacia mí—. Y