Nathan no durmió.
Lo supe porque lo escuché caminar por el apartamento toda la noche.
Cocina. Sala. Estudio. Terraza.
Un circuito de insomnio.
A las tres de la mañana, me levanté.
Lo encontré en su oficina, sentado frente al escritorio.
El teléfono en la mano.
—Nathan.
—No puedo esperar hasta mañana.
Su voz sonaba rota.
—Necesito saberlo ahora. De ella. Con sus propias palabras.
Me senté en el borde del escritorio.
—Es muy tarde.
—Han pasado siete años. ¿Qué son unas horas más?
Tenía razón.
Y y