El despacho de Damián Rey no parecía el de un profesor universitario. Era más bien la suite de un ejecutivo de alto nivel: amplio, con estanterías de roble llenas de libros clásicos y modernos, una mesa de reuniones de cristal y un escritorio imponente de madera oscura. Valeria se quedó en la puerta, sintiendo que aquel espacio era una extensión física del hombre que la invitaba a entrar.
—Pasa —dijo él, sin levantar la vista de unos documentos—. Y cierra la puerta.
Ella obedeció, el sonido del