El despacho de Damián Rey no parecía el de un profesor universitario. Era más bien la suite de un ejecutivo de alto nivel: amplio, con estanterías de roble llenas de libros clásicos y modernos, una mesa de reuniones de cristal y un escritorio imponente de madera oscura. Valeria se quedó en la puerta, sintiendo que aquel espacio era una extensión física del hombre que la invitaba a entrar.
—Pasa —dijo él, sin levantar la vista de unos documentos—. Y cierra la puerta.
Ella obedeció, el sonido del pestillo al cerrarse resonó como un eco definitivo. Damián alzó finalmente la mirada y señaló la silla frente a su escritorio.
—Siéntate. Esto no será como tus clases normales.
—¿No? —preguntó Valeria, dejando caer su mochila al suelo.
—No. Aquí no habrá exámenes. Solo conversaciones. Preguntas. Y respuestas honestas. —Se levantó y se acercó a una pequeña mesa auxiliar donde había una tetera de porcelana—. ¿Té? Es Earl Grey. Calma los nervios.
—No estoy nerviosa —mintió ella, aceptando la taza