La segunda tutoría comenzó con una tensión diferente. Valeria había pasado la semana analizando cada palabra de Damián, cada mirada. Ahora, sentada frente a él, sostenía su ensayo sobre el perdón con manos que pretendían ser firmes.—¿Lo has escrito? —preguntó él, reclinándose en su silla con una expresión impenetrable.—Sí —respondió, deslizando las páginas sobre el pulido escritorio de roble.Él no las tocó. En su lugar, clavó sus ojos en los de ella. —Antes de leerlo, quiero que me lo digas en voz alta. ¿Qué es el perdón para ti, Valeria?Ella tragó saliva. Había preparado una respuesta académica, pero su mirada exigía algo más crudo, más personal.—Es un lujo —empezó, vacilando—. Un lujo que no todos pueden permitirse. Perdonar significa tener el poder de hacerlo. Y los que no tienen poder… solo pueden intentar sobrevivir.Damián asintió lentamente, como si hubiera esperado esa respuesta. —Interesante teoría. ¿Crees, entonces, que tu madre no perdonó a tu padre porque no tenía pod
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