La segunda tutoría comenzó con una tensión diferente. Valeria había pasado la semana analizando cada palabra de Damián, cada mirada. Ahora, sentada frente a él, sostenía su ensayo sobre el perdón con manos que pretendían ser firmes.
—¿Lo has escrito? —preguntó él, reclinándose en su silla con una expresión impenetrable.
—Sí —respondió, deslizando las páginas sobre el pulido escritorio de roble.
Él no las tocó. En su lugar, clavó sus ojos en los de ella. —Antes de leerlo, quiero que me lo digas