Valeria llegó tarde a la tutoría. Había tenido que ir al ambulatorio con su madre, y el olor a desinfectante barato parecía haberse impregnado en su ropa. Al entrar en el despacho, Damián alzó la vista y sus fosas nasales se dilataron levemente, como un animal detectando un rastro.
—Hueles a hospital —dijo, sin preámbulos.
Valeria se detuvo en seco, sintiendo una ola de vergüenza. Intentó mantener la compostura.
—Mi madre tuvo una revisión. No pude evitarlo.
—No es una crítica —aclaró él, levantándose y acercándose—. Es una observación. Es el olor de la pobreza: desinfectante genérico, miedo a la factura, resignación. Lo conozco bien.
—¿Usted? —preguntó ella, incapaz de ocultar su escepticismo—. Conoce ese olor.
Damián no respondió de inmediato. En su lugar, dio una vuelta alrededor de ella, como estudiando un espécimen.
—El cuello de tu suéter —señaló—. Está desgastado. Lo has planchado una y otra vez para disimularlo. Tus zapatos, aunque limpios, tienen la suela gastada por un lado.