Los perros callejeros, que solían vagar entre los depósitos oxidados de la zona, habían huido minutos atrás, alertados por el zumbido de los motores, el crujido de botas y las órdenes secas transmitidas por radio. En cuestión de segundos, la quietud se transformó en un campo de guerra.
El cielo estaba denso, con nubes bajas que parecían colgar sobre los techos de zinc como presagios. El aire olía a hierro húmedo, a concreto viejo, y ahora, también a pólvora.
Balas. Gritos. Vidrios estallando.
Y