Takeshi cruzó el umbral sin mirar atrás, con el traje ajustándole como una armadura moderna, el cabello negro atado en la coleta pulcra que Hitoshi exigía para los grandes días. La corbata estaba anudada con impecable precisión; el reloj —aquel acero oscuro que siempre parecía pesado— le ceñía la muñeca con la exactitud de un grillete voluntario. Respiró una vez. La casa, su casa, olía a incienso y a pino recién barrido; el corredor relucía. Pero el aire había cambiado.
Antes, las mujeres de ser