La mesa estaba perfectamente servida, iluminada por una lámpara de araña que pendía del techo como un relicario antiguo. Las luces tenues acentuaban el brillo de la porcelana fina y el vapor de la comida caliente se alzaba en espirales suaves, cargando el ambiente con aromas intensos de mantequilla, especias y pan recién horneado.
Svetlana estaba sentada en uno de los extremos, erguida, con la espalda recta y el mentón ligeramente alzado. Su cabello aún húmedo de la ducha caía en ondas suaves s