Otra ráfaga cruzó a escasos centímetros de ellos. El blindado absorbió la mayoría, pero los escombros de los impactos saltaban como fragmentos de lava.
Dante se agachó, resollando. El pecho le subía y bajaba con violencia, pero los ojos…
Los ojos estaban fríos.
Calculadores.
Volvió a asomarse, disparó tres veces con precisión quirúrgica, y se cubrió de nuevo.
—Cúbreme —ordenó de pronto, con voz baja, imperturbable.
Fabio lo miró con desconcierto, pero no dudó: se levantó medio cuerpo, empezó a