Irina llegó sin anunciarse.
Eso, por sí solo, ya era una ruptura. En los años que llevaban trabajando juntos —primero como colegas, luego como algo más difícil de nombrar, algo que oscilaba entre la supervisión y la vigilancia mutua— ella había mantenido siempre la forma: la llamada previa, el correo, la agenda como escudo. Irina Vasiliev no aparecía. Convocaba. Y cuando convocaba, lo hacía desde una distancia calculada que le permitía controlar el encuadre de cada conversación antes de que com