Nicolás no dijo más. Permaneció en silencio, observando a la niña mientras jugaba, como si quisiera grabar cada detalle en su memoria.
Cuando se despidió, su expresión había cambiado. La frialdad habitual había dado paso a una especie de inquietud contenida.
—Volveré en unos días —dijo al salir—. Pero recuerde lo que le dije: ningún detalle.
Lía lo acompañó hasta la puerta.
—Gracias, señor Cancino. De verdad, gracias por hacer esto por nosotras.
Él se limitó a asentir.
—Solo quiero saber la