Los días en la hacienda se habían vuelto una rutina entre el amor maternal y la preocupación constante.
Cada vez que Lía miraba a sus hijos dormir, sentía una punzada en el pecho: debía hacer algo, no podía permitir que el lugar que los había visto nacer se perdiera.
Con el único conocimiento que dominaba, aquel que amaba y le apasionaba, comprendió que era el único camino posible para intentar sacar a flote la hacienda: pintar.
Transformó una vieja habitación en su estudio, un rincón lleno d