Cásate conmigo.
Eso no había sido un arrebato. Bruno no hablaba al vacío, y ella lo sabía. Tenía la mandíbula tensa, la respiración agitada por lo que acababan de hacer, y sus fluidos tan frescos como nunca.
El silencio posterior fue como un eco suspendido en el aire, tan espeso que podía cortarse con una navaja. Melissa lo miraba, aún desnuda entre las sábanas revueltas, con el corazón palpitando en el pecho como si intentara romperle las costillas, y Bruno, frente a ella, parecía tan vulnerab