Mundo ficciónIniciar sesiónEn nuestro pueblo había una vieja costumbre. Cuando una familia tenía gemelas, la mayor debía recibir el castigo para que la menor aprendiera al verla sufrir. Solo así, decían, podían educarlas bien y lograr que ambas crecieran sanas y salvas. Yo nací cuatro minutos antes que Anita Rojas, mi hermana, así que me tocó servir de escarmiento. Cuando ella se escapó para nadar en el río, mamá no la reprendió. En cambio, me sujetó de la cabeza y me hundió una y otra vez en el agua. Solo me soltó cuando Anita, aterrada y entre lágrimas, prometió que nunca volvería al río. Otra vez, Anita se olvidó de poner a cocer la pasta. Cuando mamá regresó del trabajo y vio que seguía cruda, me puso un plato delante. —Cómetela toda. No dejes nada. La pasta cruda me lastimó la boca hasta hacerme sangrar. Durante todo ese tiempo, mamá no apartó la vista de Anita. Cuando por fin la vio llorar, retiró el plato, satisfecha. Durante dieciséis años, serví de escarmiento. Hasta que una alerta roja por huracán obligó a evacuar todo el pueblo en plena noche. Anita, que se había quedado pasando el rato con sus compañeros hasta muy tarde, regresó empapada y sonriente, como si nada hubiera pasado.
Leer másUn año después, en el primer aniversario de mi muerte, cayó una lluvia torrencial sobre Puerto Niebla. La policía devolvió por fin las pocas pertenencias que el equipo de búsqueda y rescate había recuperado entre los escombros. Entre ellas había un pequeño cuaderno deformado por el agua, pero todavía legible.Era mi diario.Papá llegó a mi tumba con gran dificultad; había tropezado y caído varias veces durante el trayecto. Anita también regresó desde la otra ciudad, en un estado lamentable. Mamá estaba sentada en el barro, con el diario apretado contra el pecho.Papá se acercó, tomó el diario con las manos temblorosas y abrió la primera página. Yo la había escrito cuando tenía ocho años:"Hoy Anita rompió un jarrón y mamá se enojó mucho. Yo dije que lo había roto. Mamá me dio tres varazos. Anita se asustó tanto que lloró y prometió que nunca volvería a romper nada. Qué bueno que aprendió la lección. A mí no me duele".En otra página, escrita cuando yo tenía diez años, decía:"Hoy Anita
Papá empezó a trabajar en la vieja fábrica de ladrillos a las afueras del pueblo. Durante su primer mes allí, una pila de ladrillos se desplomó y le destrozó una pierna.Los médicos consiguieron salvarle la vida, pero quedó cojo. Como no tenía dinero para continuar el tratamiento, le dieron el alta antes de tiempo. Solo pudo regresar, arrastrando una pierna, al cobertizo destartalado que ocupaba a la entrada del pueblo.Todas las noches, los vecinos que pasaban junto al cobertizo lo oían llorar y hablar solo:—Vale… Sé que me equivoqué. Aquel día, en el autobús, debí hacerte subir…Pero yo ya no podía responderle.Anita también terminó pagando por sus actos. Como desde niña yo había recibido todos los castigos en su lugar, ella había aprendido a temerlos, pero no a responsabilizarse por lo que hacía.Después de marcharse a otra ciudad, se peleó con alguien en una fiesta y le abrió la cabeza. La víctima presentó una denuncia penal y reclamó cien mil dólares como indemnización.Anita no
Anita salió sin detenerse. Papá corrió tras ella y logró alcanzarla en la esquina. Sacó del bolsillo un fajo de billetes arrugados e intentó ponérselo a la fuerza en la mano.—¡Anita, hazme caso y vuelve conmigo! —suplicó con voz temblorosa—. Valentina ya no está. No puedo perderte también. Tú sufres, pero yo también estoy destrozado. Ese día quise salvarla, pero ya conoces el carácter de tu madre.Anita bajó la mirada hacia los billetes y, de un manotazo, los lanzó al suelo.—¿A quién quieres engañar con este numerito? —Lo miró con desprecio—. ¿Qué hacías cuando mamá hundía la cabeza de Valentina en el río? ¿Qué hacías cuando la obligaba a masticar pasta cruda hasta llenarle la boca de sangre? Aquel día, en el autobús de evacuación, hasta Canela tuvo un asiento mientras Valentina se quedaba bajo el aguacero. ¿Y tú qué hiciste?Papá se quedó sin palabras.—Yo… yo sí dije algo. Intenté convencer a tu madre.—Cállate. Siempre hacías lo mismo: fingías que ibas a defenderla, pero bastaba u
En la comisaría, dos policías sujetaban a mamá mientras ella forcejeaba y gritaba con voz estridente:—¡Yo no quería hacerle daño! ¡Es una vieja costumbre de mi pueblo! ¿Nunca han oído que una persona puede aprender al ver el castigo de otra? ¡Solo intentaba educar a mi hija menor! ¡Jamás quise que la mayor muriera!El agente encargado del caso golpeó el escritorio, furioso.—¿A eso lo llama educar? ¡Era un huracán de categoría cinco! Impidió que su hija subiera al último autobús y la dejó sola en una zona de peligro. ¡No la estaba educando: la dejó a merced del huracán!Los vecinos que habían acudido a declarar la señalaban y la insultaban. Mamá, con el rostro encendido, seguía repitiendo que era su madre y que jamás le habría hecho daño.En ese momento, un policía joven entró apresuradamente con un celular dentro de una bolsa de evidencia y una hoja impresa en la otra mano.—¡Logramos recuperar los datos del celular de la víctima! Encontramos una nota.El agente sostuvo la hoja impre
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