Los voluntarios me sacaron del agua y me subieron a una lancha de rescate. Después de tres ciclos de reanimación cardiopulmonar, recuperé un pulso débil.
Cuando llegamos al hospital municipal, el médico de urgencias observó mi estado y su expresión cambió de inmediato.
—¡Asfixia por inmersión e hipoxia prolongada! ¡Prepárenla para intubarla y avisen a la unidad de cuidados intensivos!
Después gritó hacia el pasillo:
—¿Dónde están sus familiares? Necesitamos conocer sus antecedentes médicos, pero no podemos esperar. ¡Continúen con el tratamiento de emergencia!
Al otro extremo del corredor aparecieron mamá, papá y Anita. Mamá caminaba sin la menor prisa.
—¿Quién les pidió que la rescataran?
Todos se quedaron atónitos.
—Al final no se murió. Seguro está fingiendo; lo hace desde niña.
Una enfermera fue la primera en reaccionar.
—¡Si la hubieran traído medio minuto más tarde, estaría muerta! Su hija está luchando por su vida. ¡Venga a responder las preguntas del médico!
Mamá la ignoró. Se volvió hacia Anita, que estaba arrinconada contra la pared. Anita tenía el rostro exangüe y los labios le temblaban tanto que no conseguía pronunciar palabra.
Mamá la miró fijamente.
—¿Entendiste lo que hiciste mal?
Anita asintió desesperadamente mientras las lágrimas caían al suelo.
—No basta con mover la cabeza.
Mamá sacó un bolígrafo de su bolso, tomó una hoja del mostrador de enfermería y la puso frente a ella.
—Escribe una reflexión de trescientas palabras sobre lo que hiciste mal. Cuando termines y demuestres que entendiste tu error, iré a hablar con el médico.
La enfermera perdió la paciencia.
—¿Está loca? ¡Su otra hija está luchando por su vida! El médico necesita que colabore.
—Es mi hija y yo decido cómo educarla. ¡No se meta!
Mamá ni siquiera la miró. Acercó una silla, se sentó, sacó el celular y comenzó a ver videos.
El médico volvió a salir del área de reanimación.
—¿Algún familiar puede venir a hablar conmigo?
Nadie le respondió.
Anita se sentó en una banca del pasillo y se inclinó sobre la hoja. Le temblaba tanto la mano que apenas podía sostener el bolígrafo. Escribía una palabra, se detenía y volvía a intentarlo; sus lágrimas hacían correr la tinta.
Al final levantó la cabeza para mirar a mamá.
—Mamá, por favor, habla primero con el médico. Nada de esto es culpa de Vale…
—No es culpa de ella —contestó mamá sin apartar los ojos de la pantalla—. Pero, si ella recibe el castigo, tú recordarás lo que hiciste. En vez de perder el tiempo discutiendo conmigo, termina de escribir.
Anita se mordió el labio, bajó la cabeza y continuó escribiendo. Las letras le salían torcidas, pero siguió llenando la hoja.
Papá miró hacia el área de reanimación y luego a mamá, que seguía entretenida con el celular.
—Teresa, creo que ya fue suficiente. Ve primero con el médico. La niña…
—Para ti, siempre es suficiente —replicó ella, alzando apenas la mirada—. Por eso nunca aprende. No te metas.
La voz de papá volvió a apagarse.
En ese momento, Anita dejó de escribir. Se deslizó de la banca hasta quedar de rodillas y levantó con ambas manos la hoja mojada por sus lágrimas.
—¡Mamá, ya terminé! ¡Por favor, salva a Vale! ¡Te lo suplico!
Mamá tomó la hoja y la leyó con atención de principio a fin.
—Tu letra sigue siendo un poco descuidada. En los exámenes te descontarán puntos por eso. Esta vez lo dejaré pasar.
Dobló la hoja, la guardó en su bolso y se levantó lentamente. Miró hacia el área de reanimación y habló con un tono casi reflexivo.
—Esta vez Valentina tuvo que soportar bastante, pero el castigo habrá valido la pena si te ayuda a reconocer tu error. Cuando pase el huracán, le daré a Valentina los dos vestidos nuevos que compré para su cumpleaños. Así la compensaré. Todo esto también lo hago por el bien de las dos.
Luego se volvió hacia la enfermera.
—Lléveme con el médico.
En ese instante, se abrieron las puertas del área de reanimación. El médico salió y se quitó la mascarilla.
—Lo siento. No pudimos salvar a la paciente. Falleció.