Capítulo 2
La voz provenía del último autobús. Entrecerré los ojos, pero la cortina de lluvia apenas me dejaba ver. Una figura encorvada se asomó por la puerta y me hizo señas con la mano.

Era nuestro vecino, don Mateo Herrera.

Don Mateo no tenía hijos y había enviudado hacía muchos años. Había vivido toda su vida a la entrada del pueblo y, desde que yo tenía memoria, me trataba como a una nieta.

Cuando mamá me castigaba sin comer, él esperaba a que ella se distrajera para pasarme algo de comer por la puerta trasera. Cada Navidad nos daba a Anita y a mí un regalo, pero en el mío escondía siempre un regalito más.

Se apretó contra los demás pasajeros para dejarme un pequeño espacio y me llamó a gritos:

—¡Ven, Valentina! ¡Sube rápido! ¡Nos apretamos y cabemos todos!

Corrí hacia el autobús. Don Mateo ya extendía la mano para ayudarme y mis dedos estaban a punto de tocar los suyos cuando la voz de mamá estalló desde el autobús de adelante.

—¡Ese viejo es un secuestrador!

Había bajado la ventanilla y sacado medio cuerpo para señalarlo mientras chillaba:

—¡Quiere llevarse a mi hija! ¡No permitan que suba a su autobús!

Mi mano quedó suspendida en el aire. Don Mateo tardó varios segundos en reaccionar. Tenía setenta y dos años, era conocido por todo el pueblo y jamás nadie lo había acusado de algo semejante.

—Teresa… ¿qué estás diciendo? ¿Cuántos años llevo viviendo al lado de tu familia? Tu difunto padre me trataba como a un amigo.

—¡No me importa quién seas! Eres un anciano que vive solo y te interesas demasiado por una jovencita. ¡Quién sabe cuáles son tus verdaderas intenciones!

Todos los pasajeros comenzaron a protestar.

—¿Te volviste loca, Teresa? ¡Don Mateo te vio crecer!

—¿Cómo te atreves a acusarlo de algo así?

Una mujer se puso de pie y la increpó:

—¡Es un huracán de categoría cinco! ¡El viento arrancará ese techo en un instante! ¿De verdad quieres que tu hija muera?

Indignado, don Mateo la señaló con una mano temblorosa.

—Trato bien a Valentina porque me duele verla sufrir. ¡Todo el pueblo sabe cómo la tratas!

—¡Es mi hija! ¡No es asunto tuyo cómo la eduque! —Mamá no pestañeó—. Mi hija estará más segura en su propia casa.

De pie bajo la lluvia, miré hacia el autobús de mamá. Papá ocupaba el primer asiento, junto a la puerta, y tenía una mano apoyada en la manija.

Mamá volvió lentamente la cabeza y lo miró fijamente.

—Si te atreves a abrir esa puerta, mañana mismo me iré con las dos niñas a casa de mis padres. No volverás a verlas en toda tu vida.

Los dedos de papá fueron soltando la manija uno por uno. Apartó la cara y dejó de mirarme.

La lluvia me corría por el cabello y se me metía en los ojos. Ya no sabía si lo que corría por mi rostro era agua o algo más.

El conductor que coordinaba el convoy bajó del primer autobús, miró el cielo y gritó, tenso:

—¡Último aviso! ¡El núcleo más violento del huracán llegará dentro de una hora! ¡Si no salimos ahora, nadie podrá irse!

El conductor volvió corriendo al primer autobús y tocó la bocina con desesperación: el puente de salida estaba a punto de quedar bloqueado. Dos vecinos obligaron a don Mateo a volver a su asiento, pero él se aferró al marco de la puerta y me gritó con todas sus fuerzas:

—¡Corre! ¡Ve a la capilla vieja! ¡Está construida de piedra y resistirá! ¿Me oyes? ¡Corre hacia la capilla!

Mamá aseguró que yo me refugiaría allí. Sin tiempo para seguir discutiendo y con todo el convoy en peligro, el conductor del último autobús cerró la puerta. Los motores arrancaron uno tras otro.

Permanecí allí mientras las luces traseras desaparecían a lo lejos. Cuando la última se apagó, todo Puerto Niebla quedó a oscuras.

Me volví y avancé hacia el otro extremo del pueblo. Para llegar a la vieja capilla de la que hablaba don Mateo, tenía que atravesar toda la calle principal.

El viento era tan fuerte que no podía correr. A cada paso tenía que aferrarme a las paredes. Las tejas salían despedidas por encima de mi cabeza y se hacían añicos al caer. Una ráfaga arrancó de raíz la enorme ceiba del centro de la calle y la derribó sobre la vía, bloqueando por completo el paso.

No tuve más remedio que regresar a casa.

Ya faltaba la mitad del techo. La lluvia entraba a raudales y el suelo de la sala estaba cubierto de agua. Me acurruqué en el hueco bajo el fogón de ladrillo, protegida por tres paredes y una losa de cemento que apenas alcanzaba a cubrirme la cabeza.

El agua se filtró por debajo de la puerta y a través de las grietas. Primero me cubrió los tobillos; después, las pantorrillas. Abracé mis rodillas, hecha un ovillo, y temblé hasta que los dientes comenzaron a castañetearme.

Entonces sonó el celular que llevaba en el bolsillo.

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