Anita salió sin detenerse. Papá corrió tras ella y logró alcanzarla en la esquina. Sacó del bolsillo un fajo de billetes arrugados e intentó ponérselo a la fuerza en la mano.
—¡Anita, hazme caso y vuelve conmigo! —suplicó con voz temblorosa—. Valentina ya no está. No puedo perderte también. Tú sufres, pero yo también estoy destrozado. Ese día quise salvarla, pero ya conoces el carácter de tu madre.
Anita bajó la mirada hacia los billetes y, de un manotazo, los lanzó al suelo.
—¿A quién quieres e