Mamá la metió en el autobús de evacuación. Luego se volvió hacia mí y dijo con absoluta calma:
—Tú te quedas. Cuando pase el huracán, Anita habrá aprendido que debe volver temprano a casa.
Todos los habitantes del pueblo se marcharon. Las tejas del techo salieron volando una tras otra.
Mamá, querías usarme para darle una lección. Pero esta vez, la que servía de escarmiento sí iba a morir. ¿Estabas satisfecha?
***
—¿Dónde se metió Anita? ¡Esta noche llegará un huracán devastador!
Mamá caminaba de un lado a otro por la sala. Afuera, el cielo se había vuelto de un negro aterrador. El viento arrastraba las cosas por todo el patio y las hacía chocar contra las paredes con un estrépito ensordecedor.
Los altavoces municipales ya habían repetido tres veces el aviso:
—¡Alerta roja! ¡Evacuación total! ¡Los autobuses de evacuación partirán desde la entrada del pueblo dentro de veinte minutos!
Mamá se volvió bruscamente hacia mí, con los ojos encendidos de furia.
—¡Sal a buscar a Anita ahora mismo!
Miré por la ventana. Aquello ya no parecía lluvia, sino una cortina de agua. Las ráfagas doblaban las plantas de plátano casi hasta el suelo.
—Mamá, Anita dijo que iría a casa de una compañera. Además, afuera…
—¡No me importa a casa de quién fue! ¡Vas a encontrarla ahora mismo y, si no la encuentras, tampoco regreses!
Mamá me cortó en seco. Instintivamente miré a papá, sentado en un rincón. Movió los labios antes de atreverse a hablar.
—Es demasiado peligroso salir. Tal vez deberíamos esperar un poco.
—¡Cállate! —Mamá ni siquiera se volvió hacia él—. Si le pasa algo a Anita, ¿tú vas a hacerte responsable?
Papá no dijo nada más.
Me puse las sandalias, que ya tenían las suelas despegadas. En cuanto abrí la puerta, una ráfaga estuvo a punto de derribarme. Avancé pegada a la pared, tanteando cada paso; el agua de la calle ya me llegaba a los tobillos.
Estaba a punto de correr hacia la casa de la compañera de Anita, al otro extremo del pueblo, cuando oí una voz risueña detrás de mí.
—¡Qué fuerte está el viento! ¡Esto es divertidísimo!
Me volví. Anita salió corriendo de la callejuela, con el cabello mojado adherido al rostro y una expresión de entusiasmo.
No vi en qué momento mamá llegó a la puerta. Rodeó a Anita con los brazos y la revisó de pies a cabeza, angustiada y aliviada a la vez.
—¡Por fin llegaste! ¿Te mojaste? ¿Tienes frío? Entra a cambiarte antes de que te enfermes.
Yo seguía bajo el aguacero, empapada y temblando por el viento. Mamá no me dedicó ni una mirada.
En ese momento llegó el convoy de autobuses de evacuación. Los faros del primer vehículo proyectaron dos haces de luz entre la lluvia mientras el altavoz repetía sin cesar:
—¡Todos los habitantes deben subir de inmediato! ¡Evacuación de emergencia!
Mamá envolvió a Anita en una manta y la acomodó en el asiento trasero del primer autobús. Las seguí, pero, justo cuando iba a subir al estribo, mamá me apartó de un manotazo.
—¿Qué crees que haces? Conoces las reglas. Anita se quedó jugando hasta tarde y casi no vuelve a casa. Tú te quedarás aquí para que ella entienda lo que es tener miedo.
Me quedé paralizada.
Dentro del autobús, Anita se inclinó hacia la ventanilla y gritó, desesperada:
—¡Mamá, no! ¡Si Valentina se queda, puede pasarle algo! El huracán…
—¿Ahora sí tienes miedo? ¿Por qué no lo pensaste antes de irte a jugar? —la interrumpió mamá con dureza—. ¡Valentina está siendo castigada por tu culpa!
Anita se encogió en su asiento mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
Una vecina ya no pudo soportarlo.
—¡Teresa, es un huracán de categoría cinco! ¡Tu hija puede morir! ¡Esa casa no resistirá!
Mamá no se inmutó. Entró de nuevo en la casa y, cuando salió, llevaba en brazos a nuestro perro, Canela. Lo colocó en el último asiento libre y declaró, como si fuera lo más razonable del mundo:
—Canela es un animal y no sabe protegerse. Tengo que llevarlo. Tú eres una persona; ya encontrarás dónde refugiarte.
Papá estaba sentado en la parte delantera. Quiso decir algo, pero bastó una mirada de mamá para que girara la cabeza hacia la ventana.
La puerta se cerró. A través del vidrio cubierto de lluvia vi a Anita golpearlo con ambas manos. Movía los labios, gritaba algo, pero el viento era tan fuerte que no pude oírla. Mamá le sujetó la cabeza y le impidió seguir mirándome.
El motor arrancó. El autobús avanzó unos metros y se detuvo para esperar al resto del convoy. Mientras tanto, las luces de Puerto Niebla se apagaron una tras otra.
Yo quedé sola en medio de la calle, de pie bajo la tormenta.
Entonces alguien gritó desde la oscuridad:
—¡Aquí hay espacio!