Al regresar al auto y cerrar la puerta el silencio la golpeó, apoyo la frente en el volante, el aire aun llevaba consigo un rastro a jengibre picante, el aroma de aquel guardaespaldas mezclado con el miedo que había emanado de ella y de su hijo en el momento del accidente aún lo sentía pegado a su piel, como una advertencia que no podía ignorar.
– Calmate Luar… ya pasó – se susurró pero su aroma a fresas dulces seguía impregnado en el coche con una nota nerviosa, más ácida de lo habitual.
El dí