El eco estridente del intercomunicador continuaba vibrando en las paredes de la cocina como una sentencia.
Valerio se incorporó de su posición entre las piernas de Fiorella con una frialdad asesina.
En cuestión de segundos, la voracidad salvaje que amenazaba con devorarla fue reemplazada por una máscara de acero pulido. Con movimientos calculados y matemáticos, acomodó su pantalón a medida y comenzó a abotonarse la camisa blanca, sin perder un solo segundo ni dejar de mirar a la joven que conti