Sin medir las consecuencias, envuelta en su bata de seda y con el cabello castaño cayendo en ondas rebeldes sobre sus hombros, Fiorella comenzó a bajar los peldaños de mármol. Cada uno de sus pasos resonó en el salón con una firmeza impecable.
— Los Astilleros Salvatici no son un lastre, signor Vitale — declaró ella con voz clara, cortante y refinada, atrayendo de inmediato las miradas de todos los hombres presentes.
Garrick la miró con desprecio manifiesto, recorriéndola de arriba abajo.
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