Diego se sentó en el sofá como si le hubieran quitado las fuerzas, con una expresión de abatimiento. Agarró su cabeza con ambas manos, arrepentido. Todo era su culpa; no había considerado las cosas detenidamente y había actuado impulsivamente.
Leandro, con sombras en los ojos, de repente se levantó y salió de la oficina de mando de las fuerzas especiales de policía de Felipe.
—Señor Muñoz, ¿adónde va? —preguntó Felipe.
Leandro no respondió.
—Señor Muñoz, tenga la seguridad de que haré todo lo po