Luna estaba a punto de contestar la llamada cuando, de repente, una mano se posó en su hombro y la giró. Era Rafael, jadeando.
Luna lo miró extrañada. ¿Por qué estaba tan agitado? ¿Acaso había corrido?
—¿Estás bien? —preguntó Rafael, respirando con dificultad mientras la miraba de arriba abajo.
La luz amarillenta de la farola iluminaba su figura, haciéndola parecer especialmente hermosa. Su rostro tenía un leve tono pálido y sus labios, inflamados, mostraban claros signos de haber sido mordidos.