(NARRADO POR KEELEN)
El sudor me empapaba la camiseta, pegándose a mi piel como una segunda armadura de arrepentimiento. Mis manos, blancas por la presión sobre los mangos del andador, temblaban con una intensidad rítmica. Hoy el aire del gimnasio de rehabilitación se sentía eléctrico, pesado, como si la atmósfera supiera que algo estaba a punto de quebrarse.
—Concéntrate, Keelen. Mira el final de la alfombra, no tus pies —ordenó Marcus, con la voz baja y firme—. Uno... dos...
—¡Tres! —rugí, ar