(NARRADO POR KEELEN)
El rugido del viento golpeaba los ventanales del aeródromo privado cercano al monte Parnaso, un sonido sordo y constante que parecía burlarse de mi desesperación. Me encontraba en la oficina de la dirección de vuelos, con la mandíbula hinchada y el sabor a sangre de los golpes de Artemises todavía presente en mi boca. Pero ese dolor era un rasguño comparado con el incendio que sentía en el pecho.
—¡Me importa un bledo el dinero! —le grité al encargado, un hombre canoso que