(NARRADO POR EIRA)
El silencio de la montaña era más aterrador que el estruendo del motor al estallar. Abrí los ojos y lo primero que sentí fue el sabor a metal en mi boca y el frío, un frío que no era aire, sino una garra que intentaba arrancarme la piel.
Intenté moverme, pero un grito desgarrador se quedó atrapado en mi garganta. Mi pierna derecha estaba atrapada bajo un trozo de metal del fuselaje, torcida en un ángulo que me hizo perder el conocimiento por unos segundos. Cuando logré zafarm