(NARRADO POR KEELEN)
No llegué ni a la puerta de cristal. La mano de Artemises, pesada y cargada de una fuerza que solo da la furia paterna, se cerró sobre mi hombro y me hizo girar con violencia. El pasillo de la terminal, lleno de gente apresurada, pareció detenerse a nuestro alrededor.
—¡Mírame a los ojos, Keelen! —rugió Artemises, su voz quebrada por el dolor y la traición—. ¡Dilo de nuevo! ¡Dime que lo que escuché no fue un delirio de mi cabeza! ¿Qué es mi hija para ti?
Sentí el nudo en m