.88.

Entonces Clarisa se giró hacia Rose con expresión severa, los brazos cruzados.

—¿Acaso nunca revisas tu celular? —le soltó, sin rodeos—. Te mandé mil mensajes, llamadas, y nada. ¡No debiste venir! Desde que llegaste, traté de hacerte señas para que no bajaras del auto. No sé cómo es que supieron dónde trabajas…

Su voz era baja, calmada… pero en cada palabra se escondía una furia contenida. Estaba molesta. Molesta por lo que le habían hecho a su amiga. Molesta por no haber podido evitarlo.

—Clar
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