Anna
Siento su mano deslizarse suavemente por mi brazo. Un escalofrío recorre mi espalda. El calor de su cuerpo me envuelve, y en este espacio cerrado, el mundo exterior deja de existir. Solo estamos él y yo.
Nuestras labios se encuentran. El tiempo se detiene. El primer contacto es titubeante, casi tímido, como si tuviéramos miedo de romper algo. Pero muy pronto, la dulzura se enciende, y el beso se vuelve voraz, ardiente. Me pierdo en su aliento, en el sabor de su boca, en esta embriaguez que creí haber olvidado y que renace con un solo gesto.
Sus manos me exploran, acarician mi cintura, se deslizan en mi cabello, y cada contacto desencadena una ola de deseo que me abruma. Cuando me abraza contra él, nuestros cuerpos encajan como dos piezas faltantes.
— Quiero sentirte, aquí y ahora, murmura con voz ronca.
Mi corazón salta. El miedo y la excitación chocan, pero ya no tengo razón, ni excusas. Me dejo levantar, llevar hasta el sofá. Me acomoda con una ternura desconcertante y cubre mi