ANNA
Paso una mano temblorosa por mi rostro, como para borrar ese dolor, para ahuyentar esa culpa que me consume. Pero permanece allí, clavada en mi carne como una astilla que no puedo quitar. Cada respiración la hace vibrar, cada latido de mi corazón la aviva.
Desearía ser otra. Alguien lo suficientemente fuerte para pasar página, para caminar sin temblar, para decir no sin titubear. Pero no soy esa mujer. Solo soy yo: desconcertada, agrietada, incapaz de dejar de amar a quien me destruye un poco más cada día.
Me odio por depender de él. De sus miradas, de sus palabras, de su presencia. De conformarme con las migajas que deja caer. ¿Cómo he podido olvidarme de mí misma hasta tal punto? ¿Cómo he podido creer que eso sería suficiente?
Esa noche, me prometo que no cederé más. Que he llorado suficiente, que he perdido suficiente, que he sufrido suficiente. Casi lo creo. Pero por la mañana, mis pasos me llevan involuntariamente hasta su puerta.
Con el corazón pesado, dudo ante la fría mad