Anna
Salgo de la oficina con una extraña ligereza, casi irreal, como si mis pasos ya no tocaran el suelo. En mi pecho, el miedo aún golpea, pero se mezcla con una ola de alivio que no me atrevo a aceptar del todo. Las palabras del jefe resuenan en bucle en mi cabeza:
«No será una prostituta.»
No lo creía. Durante toda la entrevista, contuve la respiración, convencida de que mi destino ya estaba escrito, que no tendría elección. Y luego, con voz firme, él decidió. No ese papel para mí. No esa ca