Anna
Salgo de la oficina con una extraña ligereza, casi irreal, como si mis pasos ya no tocaran el suelo. En mi pecho, el miedo aún golpea, pero se mezcla con una ola de alivio que no me atrevo a aceptar del todo. Las palabras del jefe resuenan en bucle en mi cabeza:
«No será una prostituta.»
No lo creía. Durante toda la entrevista, contuve la respiración, convencida de que mi destino ya estaba escrito, que no tendría elección. Y luego, con voz firme, él decidió. No ese papel para mí. No esa caída.
En su lugar, cayeron dos palabras como un veredicto: «Una set.»
Aún no entiendo todas las implicaciones de este papel, pero siento en mi interior que algo acaba de cambiar.
Cuando encuentro a Gisèle, sus ojos brillan con una satisfacción discreta, casi maternal. No dice nada. Solo me hace un gesto con la mano, y la sigo. Sus pasos resuenan suavemente en el pasillo, seguros, regulares. Los míos, titubeantes, hacen eco, como si temiera que el suelo se deslice bajo mis pies.
Entramos en una gr