Leo no se movió. La presencia suya, arrogante y serena, extendiéndose como una sombra densa sobre la habitación. No ocupaba espacio, lo reclamaba. Me observaba con esa mirada de entenderlo todo, juzgarlo todo, dominarlo todo.
—Te puedes ir, Leo.
No se inmutó.
—No pienso irme —sus palabras tintadas de falsa calma.
Aparté las sábanas para sentarme. No era una buena idea hablar ahora. Estoy exhausta y con poca paciencia. Él decidió ignorarlo, empezó:
—No debí marcharme esa noche, Vera. Me metí en t