Vera estaba fuera de sí. Gritaba, se aferraba a mi ropa.
—Estoy aquí —la abracé, tratando de serenarla—. Respira.
Tardé unos minutos así.
Luego la cargué y llevé a nuestra habitación.
Sus ojos seguían abiertos, aunque ausentes; mirada perdida, los labios resecos.
Le toqué el rostro. Frío.
—Marta —llamé.
La mujer asomó desde la puerta, nerviosa.
—Quédate junto a ella. Ni un segundo sola. ¿Entendido?
—Sí, señor.
—Dale algo tibio, háblale. Manténla aterrizada.
Otra mucama entró con Helena en brazos