Desde el sillón, frente al ventanal, apenas distinguía el reflejo de mi silueta en el cristal. La lluvia seguía cayendo desde la madrugada, persistente, atrapada en el mismo bucle de agotamiento en el que me encontraba. El repiqueteo sobre los vidrios acompañaba la inercia del salón.
No escuchaba su voz. Su presencia se había desvanecido de los umbrales. Estábamos bajo el mismo techo... yo era el que se sentía como un extraño. En mi propia estancia.
Sé que esto es el resultado de mis acciones.