Cuando me di cuenta de que las palabras no se estaban formando, me paré, asustada, y sostuve el dobladillo de mi sudadera con dedos temblorosos, necesitando repetir en silencio que no fue mi culpa, para convencerme de que ella tampoco me culparía.
Luego, después de escapar de su mirada curiosa, levanté la blusa gruesa, revelando finalmente las feas manchas verdosas que se extendían por mi abdomen. Su primera reacción fue el silencio, y fue solo después que escuché su fuerte y sobresaltado suspi