—Eres un buen maestro.
—¿Lo soy? —Respondió, abrazándome un poco más fuerte. —Todavía tengo que explicarte muchas cosas.
Seguí mirándolo con curiosidad.
—Dejémoslo para otro momento. —dijo, con una sonrisa en la comisura de sus labios, y luego besó la punta de mi nariz antes de acostarse en la cama, llevándome con él.
Sonreí de nuevo, casi babeando por el beso en la nariz.
—¿Puedo pedirte algo? —Pregunté, luego de que estuvimos en silencio por un rato.
—Dime.
—Quítatela. —Respondí, sosteniendo